Los de arriba, los de abajo

Me llama la atención cómo reacciona la gente cuando les mencionas que conoces a alguien que podría ser su copia fiel, un duplicado de la persona misma. Hay quienes sienten curiosidad por conocer a su doppelgänger, sobran quienes hacen algún comentario pretencioso sobre su carácter único e incluso existen los que plantean el misterio de “¿y cómo sabes que esa persona y yo NO somos uno mismo?”. Y por supuesto, suele aparecer por ahí la reflexión semi graciosa que afirma “¿alguien igual a mí? Qué miedo”.

El planteamiento de estas copias humanas es el punto de partida del director Jordan Peele para su más reciente fábula de horror: ‘Nosotros’ (‘Us’, 2019), una anticipada entrega tras el enorme éxito de su debut del 2017 ‘¡Huye!’ (‘Get Out’). Digamos que había mucha presión por replicar la magnífica mezcla de tensión, humor y comentario social de esa obra, ¿estuvo a la altura de las expectativas? Veamos…

Estamos en San Francisco en 1986, y el futuro no puede ser más ochentosamente promisorio: los Reaganomics tienen a los Estados Unidos viviendo una era de oro del consumismo, el entretenimiento aún no es controlado exclusivamente por las pantallas (el formato VHS no lo es todo en la vida, carajo) y la ilusión de una nación unida vive aún con el inminente evento de Hands Across America, una noble e inocentona idea de unir a todo el país de costa a costa por gente tomada de las manos en una gran hilera para significar… algo, nunca estuvo del todo claro. En fin, tiempos más sencillos.

En esta época conocemos a Adelaide, una dulce niña que asiste a la feria con sus padres durante una cálida noche veraniega. Se intuye que esta familia tiene ciertos problemas, pero disfrazan esa condición tras una fachada de normalidad bastante convincente. Adelaide se aparta de papá y mamá en un descuido y acaba por ingresar a una de esas laberínticas casas de espejos destinadas a crear incertidumbre y confusión. En ella ve el reflejo de una niña que es ella misma. Normal. Espejos, ¿no? Excepto que no se trata de un reflejo. Es una niña aparentemente idéntica a ella. 

Cuando volvemos a ver a la pequeña Adelaide está viajando en el asiento trasero del auto familiar mientras sus padres se recriminan mutuamente el haberla descuidado. La niña estuvo perdida durante unos 15 minutos, y se niega a pronunciar palabra alguna. Es obvio que algo la dejó traumada, pero sus progenitores parecen destinados a desconocer qué le sucedió. 

Salto en el tiempo a la época actual. Adelaide (Lupita Nyong’o) es una mujer adulta, casada con el fornido pero bonachón Gabe (Winston Duke) y madre de dos pequeños: la adolescente Zora (Shahadi Wright Joseph) y el inquieto Jason (Evan Alex). Las vacaciones veraniegas les llevan a una casa en una comunidad boscosa cercana a la costa, y pese a que todo sugeriría un encantador retiro familiar, nadie está del todo feliz con el plan. Zora está en esa etapa difícil que le encuentra peros a todo, Jason tiene que buscar entretenimiento por sí mismo puesto que nadie parece tomarlo mucho en cuenta y los esfuerzos de Gabe porque todos se diviertan juntos fracasan reiteradamente, principalmente porque su esposa no está a gusto.

Durante la estancia en casa Adelaide irá manifestando ciertas regresiones a los sucesos que la traumaron durante su niñez, y eso nos permite conocer más detalles de lo que vivió en los años subsecuentes a ese lamentable extravío en la feria. Una improvisada excursión a la playa para verse con una familia de adinerados amigos (Elisabeth Moss y Tim Heidecker) se convierte en una especie de reconstrucción de los hechos que traumaron a nuestra protagonista durante su niñez, con el agravante adicional de tener como nuevas víctimas potenciales a esta familia que ha erigido precariamente. 

Como bien saben todos los que han visto el trailer del filme, el encuentro de Adelaide con esa versión idéntica de su persona se repite… pero esta vez no llega sola. Y aquí es donde una narrativa bastante fluida y coherente empieza a caer en algunas trampas convencionales del género. Los sobresaltos son en su mayoría telegrafiados al espectador, las imágenes animalísticas de seres que se comportan de forma bestial hacen su obligada aparición, los objetos comunes se tornan en letales armas y, lo más grave, algunos agujeros argumentales destinados a no cerrarse toman posesión en un rincón de las mentes espectatoriales. 

No quiero decir con esto que la película decepciona. Dejemos eso bien claro, por favor. Digamos que es una construcción que tiene algunos accesos incómodos y pasillos que no llevan necesariamente a ningún lado, y ciertos espacios pudieron aprovecharse de una mejor manera, pero la vivienda es bastante sólida y habitable. Nyong’o y Duke funcionan muy bien como ese matrimonio de jerarquías dudosas, pero que conserva su unión. Los menores de edad actúan muy bien y no se tornan en los clásicos “sujetos en apuros” que sólo sirven para que los adultos arriesguen la vida. Y en general la imagenología de suspenso se logra de forma aceptable. No vas a perder el sueño recordando la historia, pero está claro que sí te dejará pensando algunos pasajes en busca de explicaciones lógicas (incluso aceptaremos algunas ilógicas, en deferencia a la premisa misma). 

Lo que me desconcierta un poco de ‘Nosotros’ realmente me pegó tras ver la película por segunda ocasión. Confieso que salí mucho más satisfecho tras la primera vista, y estaba dispuesto a dejarme llevar por algunos momentos en los que debí ser más exigente con el guion y las motivaciones de sus antagonistas. En la repetición descubrí con algo de incomodidad que, en el afán de poseer esa trascendencia de mensaje que le otorgamos al debut de Peele en la dirección, su segundo filme perdió la misión de explicar plausiblemente la razón detrás de este peculiar submundo habitado por copias fieles de nosotros. Lo peor de todo es que se telegrafió repetidamente un significado de duplicidad, de correspondencia existencial… que quedó un poco en el aire. Las manchas de Rorschach están muy lindas en los carteles, las tijeras también se ven amenazadoras en su dualidad de propósito, pero ¿qué más?

La cita bíblica que adorna la pancarta de un indigente al principio de la historia marca una posible intención detrás de su moraleja. “Por tanto, así dice el Señor: he aquí, traigo sobre ellos una calamidad de la que no podrán escapar; aunque clamen a mí, no los escucharé” (Jeremías 11:11) resulta elocuente y clara en cuanto al propósito de castigarnos, pero sólo en el contexto completo del pasaje sabemos que todo se debe a un pacto divino que los ancestros han violado y cuyo castigo recae en los hijos. Hay un gran giro de la trama que niega hasta cierto punto la validez de este mensaje, por muy bonitos y “duales” que se vean los “11:11” de la cita. Lo que es claro es que la imagen final donde vemos el aparente cumplimiento de un propósito fallido de los años ochenta sugiere algo con claridad, y es que esa ilusión de estar todos unidos con una misma misión es tan impensable como la posibilidad de que en algún lugar, dentro de un oscuro y olvidado túnel, exista una copia calcada de uno mismo. Sí es como para temer un poco.